Allá por finales del 2009 Uruguay se jugaba la chance de clasificar a Sudáfrica, la misión era casi imposible, de visitante en Ecuador. Ya por ese entonces vivía con Analía, y podrás creer qué ese día y a la hora del partido nos habían invitado a un cumple de cuarenta.
No teníamos auto y un amigo se ofreció a pasarnos a buscar para llevarnos. Por esos días el único Uber que conocía era el secretario del Liceo de Rincón. Luego de una discusión acalorada, no sé si fue gracias al calor de Quito o el de Montevideo, acordamos con Analía que íbamos a la hora del partido, pero que yo llevaría mis auriculares puestos, al menos en uno de mis oídos.
Una vez que llegamos al cumple - sí fuimos de los primeros en llegar, pero de los últimos en irnos - nunca me sentí tan acompañado por gente desconocida. Nunca tomé tanta coca, ni comí tanto pebete en 90 minutos, incluso algún minuto menos, ya que el partido había comenzado en el viaje al cumpleaños.
Yo era el nexo entre lo que pasaba en Ecuador y unas treinta personas que estábamos ahí, disimulando estar en un cumpleaños, pero con el corazón en la boca. Ahí valoré la radio, el poder tener el relato, tener que volar con la mente imaginando a Forlán caminando lento hacia la pelota. Dar unos pasos hacia atrás, mirar al juez, escuchar el pito, avanzar decidido, pegarle fuerte, arriba y…
Tragarme el grito de gol junto a un pebete y un buche de coca. Cerrar el puño, levantar levemente el brazo y asentir con mi cabeza, los treinta entendían qué seguíamos con vida, qué matemática teníamos chance.
Fin del partido, buscó la puerta, necesito el desahogo, el grito que libera la bestia que esconde el hincha. Estoy afuera, autos llegando, murmullos desconocidos y ruido de rambla. Una columna es mi cómplice, busco mi celular, Nokia 1100, llamó a mi hermano, sin saber que esa esa era la penúltima llamada de desahogo.
Juampi - “El enano” - me atiende y me sale del alma: “Enano, la puta que parió…¡Uruguay no má!” El resto fueron carcajadas y relatarle a mi hermano, esto que hoy les escribo, un desahogo. Distinto al de aquel llamado, pero desahogo al fin.
18 de noviembre del 2009 partido de vuelta del repechaje en Montevideo, la última vez que fui a ver a la selección al estadio. La última vez que fuimos con “El enano” y mi viejo al estadio a ver a Uruguay. Ese día no hubo necesidad de celulares, ese día nos abrazamos los tres, sin saber qué era nuestra última locura juntos. Ese día gritamos juntos por última vez “¡Uruguay no má!”
Y después vino el mundial. Trabajaba en el Liceo de Rincón. Con algunos compañeros convencimos al director de poner una especie de pantalla gigante - sin Sebastián nada hubiese sido posible, un crack - y la cosa nos desbordó. Bombo, papelitos, trompetas y hasta los alumnos que habían dejado de asistir aparecieron.
Y ahí una vez más el desahogo era el políticamente correcto. Y la cábala estaba armada, servida en bandeja, después de cada partido llamaba al “El enano” y después del “la puta que te parió” venía el afloje con el “¡Uruguay no má!”

